Por: Hanna Orellana Beitze.
Líder de jóvenes, Iglesia Cristiana Verbo Sur

Aquí estamos. 196 años después, a unos días de celebrar nuestra independencia como país. Entendemos que celebrar septiembre es ser patrióticos, es amar a nuestra nación. Se nos ha inculcado que debemos enfocar nuestro amor por Guatemala al exhibir con orgullo nuestra bandera, al cantar con fuerza nuestro himno, o inclusive, participar con entusiasta energía en las bandas escolares o al correr con la antorcha.

Y no es que esté mal. Los símbolos patrios son necesarios para consolidar una identidad nacional. Cuando se instituyó la monja blanca, la ceiba, la bandera, el himno y la marimba, como símbolos de la identidad guatemalteca, se buscaba que cada ciudadano pudiera identificarse con su país. Porque son las personas identificadas con su origen y contexto, las que construyen una mejor nación.

Es precisamente la ausencia de líderes que se identifican con su país, la que ha hundido a Guatemala en un pozo de desesperanza. Al revisar la historia, vemos que los próceres de la independencia estaban más preocupados por deshacerse de las restricciones que la Corona española imponía sobre el comercio, que por libertar de la opresión y la esclavitud a sus connacionales indígenas. La independencia del 15 de septiembre de 1821 no fue más que un acto para hacerse con el poder económico y político del país, en beneficio propio. Y así ha sido, pasando por los gobiernos liberales que, al pretender modernizar al país, se olvidaron de las personas que lo conforman, hasta llegar a la época actual, en donde todos sabemos que las personas ambicionan posiciones de influencia por avaricia y no por servicio (y no solo en la esfera gubernamental, sino en cada uno de los ámbitos sociales). En síntesis, es el egoísmo el que nos impide crecer como nación.

Es tu egoísmo y el mío, también. Es eso lo que nos ha impedido ver una realidad nacional caótica, con altos índices de personas que mueren de hambre o que no se nutren lo suficiente, que viven la escasez de ayuda médica, que carecen de oportunidades y de educación, que permanecen desamparados por el gobierno, las instituciones sociales y, sobre todo, por la Iglesia. Nosotros, que hemos llegado a conocer la Esperanza, vivimos en un país en donde la desesperanza se respira en cada esquina.

Qué hermosa herencia de esperanza tenemos como Ministerios Verbo, una iglesia que no nació como tal, sino como un proyecto a favor de los damnificados del terremoto de 1976. Especialmente por ello, y porque nuestra visión y lema, es ser “Una familia discipulando naciones”, nuestro objetivo ya no debe ser depender de la iniciativa extranjera para restaurar a nuestro roto país, sino invertir nuestros recursos, energía y a nosotros mismos para construir la Guatemala que está en el corazón de Dios.

Así que, discipulemos a nuestro país en el verdadero amor a la patria. No al imponer nuestras creencias, sino al poner la esperanza en acción, al traer el cielo a la Tierra, al seguir el ejemplo y el llamado de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor”. (Lc. 4:17-19).

Hay una sociedad alrededor de nosotros que se pregunta en dónde estamos, qué estamos haciendo para vivir el verdadero Evangelio. Seamos la Iglesia relevante, demostrando que el verdadero amor por Guatemala se manifiesta comprometiéndonos con el desarrollo integral de cada una de las personas que viven aquí. Desde lo cotidiano como pagar el precio justo por los productos en el mercado, no bloquear las intersecciones en el tráfico, no tirar basura en las calles, hacer nuestro trabajo con calidad, proclamar la verdad en nuestras redes sociales, hasta donar tiempo y recursos para los orfanatos, contribuir a la erradicación de la desnutrición, apoyar iniciativas de ley que promuevan el desarrollo… no hay algo que tú y yo no podamos hacer para ser ciudadanos comprometidos, líderes que aman a su país, cristianos que buscan agradar a Dios y ser usados por Su Espíritu.

Cantemos con entusiasmo el himno nacional, pero principalmente, cantemos una canción de salvación para quienes solo han conocido la incertidumbre. Exhibamos nuestra bandera, pero no olvidemos demostrar el amor de Dios con hechos. Promovamos lo valioso de nuestra cultura y la belleza de nuestra geografía, sin dejar de promover y practicar la justicia, la verdad y la equidad, porque creemos que son atributos de nuestro Dios. Y llevemos antorchas de verdadera esperanza y libertad a todos los rincones de nuestra nación.